No me gusta el teatro, pero prefiero decir que no lo entiendo. No es que no me guste nunca, sólo que en general
me aburro como ostra y paso la mitad de la obra pensando en el hambre que tengo, o en como llegaron a elegir
diputada a La Regalona. La mayoría de las veces el teatro me deja una sensación de provocación que no provoca y
emoción que no emociona. Mucha cara, mucho grito, mucho ruido, poca sustancia. Por todo esto, me sorprendió la
enumeración de los cinco mejores montajes teatrales de la última década según Carmen Romero. Estaba seguro de
haber visto obras sin mucho criterio, unas por intuición, otras por recomendación, pero descubrí que soy más
masa de lo que pensaba. Resultó que de los cinco montajes he visto cuatro, lo que me convierte en un ochenta
por ciento del tipo que ve lo que hay que ver.
No vi Pinocchio ni las otros montajes de La Troppa, en gran parte por flojera. Nada que decir al respecto.
La Negra Ester me pareció genial, y fue la primera vez en la vida que sentí que los chilenos teníamos
una cultura propia. Debe haber sido también una de las últimas veces. Historia de la sangre me dejó con
la sensación de un teatro pretencioso y muy lejano a lo que podría llegar a sentir. Si ya hubiera existido en
esa época el Festival de nuevas tendencias de Plan Z, al menos me hubiera reído. Mala Sangre
fue culturalmente mucho menos importante que La Negra Ester, pero varias veces más fuerte sensorialmente.
No me saqué durante años la polera de Rimbaud que compré a la salida. De Cinema Utopía vi el remontaje que
hicieron el año pasado en esta misma época, y no me emocionó hacia ningún lado. Nada bueno, nada malo. Como tomarse
un vaso de agua. Sentí que la idea y el montaje, en particular la escenografía, eran demasiado buenos como para
desperdiciarlos en una historia tan aburrida.
Y no he visto muchas cosas más. Un par de cosas en el Teatro de la UC, de las cuales recuerdo haberme emocionado
con El Tony Chico y disfrutado la música de Malinche, y un par de obras chicas a las que llegué
por amistad de segunda o tercera generación con alguno de los participantes. Si recuerdo con gracia un montaje de
Háblame de Laura con Héctor Noguera y, creo, Gloria Munchmayer. Habíamos conseguido vender entradas para
ayudar a juntar plata para el viaje de estudios, y el teatro estaba lleno con mis compañeros, sus familias y sus
amigos. Luego de aburrirnos durante mucho rato con la asfixiante relación de Noguera y su madre, ella da un
respiro y le dice algo como está bien, háblame de Laura, y se escucha la voz baja pero notoria de alguien
en el público suspirando un por fin.
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