Miércoles 09/01/2002

No me gusta el teatro, pero prefiero decir que no lo entiendo. No es que no me guste nunca, sólo que en general me aburro como ostra y paso la mitad de la obra pensando en el hambre que tengo, o en como llegaron a elegir diputada a La Regalona. La mayoría de las veces el teatro me deja una sensación de provocación que no provoca y emoción que no emociona. Mucha cara, mucho grito, mucho ruido, poca sustancia. Por todo esto, me sorprendió la enumeración de los cinco mejores montajes teatrales de la última década según Carmen Romero. Estaba seguro de haber visto obras sin mucho criterio, unas por intuición, otras por recomendación, pero descubrí que soy más masa de lo que pensaba. Resultó que de los cinco montajes he visto cuatro, lo que me convierte en un ochenta por ciento del tipo que ve lo que hay que ver.

No vi Pinocchio ni las otros montajes de La Troppa, en gran parte por flojera. Nada que decir al respecto. La Negra Ester me pareció genial, y fue la primera vez en la vida que sentí que los chilenos teníamos una cultura propia. Debe haber sido también una de las últimas veces. Historia de la sangre me dejó con la sensación de un teatro pretencioso y muy lejano a lo que podría llegar a sentir. Si ya hubiera existido en esa época el Festival de nuevas tendencias de Plan Z, al menos me hubiera reído. Mala Sangre fue culturalmente mucho menos importante que La Negra Ester, pero varias veces más fuerte sensorialmente. No me saqué durante años la polera de Rimbaud que compré a la salida. De Cinema Utopía vi el remontaje que hicieron el año pasado en esta misma época, y no me emocionó hacia ningún lado. Nada bueno, nada malo. Como tomarse un vaso de agua. Sentí que la idea y el montaje, en particular la escenografía, eran demasiado buenos como para desperdiciarlos en una historia tan aburrida.

Y no he visto muchas cosas más. Un par de cosas en el Teatro de la UC, de las cuales recuerdo haberme emocionado con El Tony Chico y disfrutado la música de Malinche, y un par de obras chicas a las que llegué por amistad de segunda o tercera generación con alguno de los participantes. Si recuerdo con gracia un montaje de Háblame de Laura con Héctor Noguera y, creo, Gloria Munchmayer. Habíamos conseguido vender entradas para ayudar a juntar plata para el viaje de estudios, y el teatro estaba lleno con mis compañeros, sus familias y sus amigos. Luego de aburrirnos durante mucho rato con la asfixiante relación de Noguera y su madre, ella da un respiro y le dice algo como está bien, háblame de Laura, y se escucha la voz baja pero notoria de alguien en el público suspirando un por fin.
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