Los espejos pueden ser ser un instrumento útil para la práctica del Narcisismo, pero la mayoría de las veces son
una pesadilla. Hoy leí en El Mercurio una columna titulada
Ultima Fila,
y descubrí lo triste que puede ser el ejercicio de la opinación. Según dice la letra chica, se trata de una
sección de la Revista Ya sobre la vida de cuatro treinteañeros santiaguinos, quienes recorrerán la ciudad,
criticarán el estilo de vida y contarán sus experiencias sin remordimientos.
La treinteañera de hoy parece ser una especie de mártir. La cansa luchar con el mundo. La cansa estar siempre
murmurando desde la última fila (de la iglesia en los matrimonios, de las reuniones familiares, de los eventos).
Murmura que la novia se ve mejor con jeans y la cara lavada. Se lamenta por los viejos curados que tiene que soportar
en la fiesta. Escapa del sentimentalismo en los entierros.
Pero no todo es tan malo, porque dice haber aprendido cosas con el tiempo y estar transitando a la madurez. Ahora
juega a la "buena sangre". Por ejemplo, dice que ya no alega porque hagan una reunión de ex compañeros de
colegio en el Sarita Colonia, a pesar de que sea una muestra de lo patética que es la gente sin estilo buscándolo
en lugares que supuestamente lo tienen. Y hasta ahí no más llegó el juego, porque después tiene que dejar abandonado
a su hijo con fiebre, su marido no se cansa de humillarla por ir a una reunión tan perna, y termina de nuevo en
la última fila. Padece un par de conversaciones, y después de presenciar una pelea decide que ya es demasiado.
Termina con una amiga en el Café Escondido, que por suerte esta vez no le parece una lata. ¿Sería porque estaba
entretenido? Claro que no. No se aburre porque tiene el encanto de lo familiar, los de siempre,
todos demasiado idénticos a sí mismos, cerveza Escudo y decoración estándar.
¿Así se leerá esta columna que escribo? ¿Una sucesión de quejumbres mirando hacia abajo, hacia la pobre gente
perna, hacia los insípidos lugares por donde transitan, y hacia lo poco original de la vida en general? Diablos.
Me acuerdo de Marge Simpson preguntándole a sus hijos si ella era cool, y de Lisa diciendo que con sólo
preguntarlo ya quedaba no podía serlo. Creo que voy a pensar si sigo escribiendo. O por lo menos si sigo dándomelas
de opinólogo. En una de esas es mejor dejar esto en pausa hasta que se me ocurra algo de ficción. Al menos
hoy, tengo la sensación de que la realidad me queda grande.
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