En cierto sentido los abogados, los políticos y los animadores pertenecen a la misma bolsa. Me refiero por
supuesto a la bolsa de los males necesarios.
A medida que pasan los siglos los códigos penales se vuelven cada vez más complejos, y a pesar de que con el tiempo
ciertos delitos dejan de considerarse como tales, los nuevos delitos siempre llevan la delantera. Y así se vuelven
necesarios sujetos que memoricen las leyes, los códigos y los procedimientos, para intentar convencer a otros
sujetos de que fallen a favor de ciertas interpretaciones de lo memorizado y no a favor del mismo ejercicio hecho
por los sujetos de la contraparte. Y en el medio acusados y acusadores sin entender más que lo que consideran bueno
o malo, de lo que creen justo o injusto.
Igual cosa pasa con los políticos, que juegan a representar al país a la hora de discutir que leyes se aprueban y
cuales se dejan dormir durante años. Eso además de actuar como paladines de las problemas concretos de sus
representados, tarea extraña para un legislador y que sólo se justifica porque los señores legisladores necesitan
votos y a los señores votantes no parece llamarles la atención las abstracciones legislativas. Por supuesto la
política puede llegar a ser un arte, pero lo mismo consideran algunos de la guerra o las corridas de toros. Cosas
del arte instrumental.
Los animadores son mis preferidos. Animadores de programas de televisión, animadores de festivales, animadores de
fiestas de empresas, o animadores de cumpleaños infantiles, todos cumplen la loable misión de darle coherencia a
una sucesión inconexa de cantantes, humoristas, malabaristas, payasos, discursos y números de variedad. Pero en el
fondo no son más útiles que un timbre sobre un certificado, o una estampilla en un sobre. No tienen ningún valor
por si mismos, pero en nuestro exótico mundo a veces valen más que lo que están presentando. En fin. Supongo que
el show debe continuar para que Viña tenga festival, y vivamos la alegría de estar juntos una vez más.
|