Algún día quiero trabajar de periodista de espectáculos. No es que me entretenga mucho el pelambre, pero ser pelador
a sueldo es definitivamente una situación que me gustaría experimentar. Por ejemplo escribir sobre las peleas y
dichos de Krishna Navas, lo que le dijo a Karen Doggenweiler, como se pelean a Felipe Camiroaga, y las escenas que
hizo Bárbara Rebolledo. Puede parecer que hablo en forma irónica, y es cierto pero no lo es. Tal como se escribe
la mayoría de la crónica de espectáculos, claro que es una estupidez con patas que da vergüenza ajena tanto por
la gente que la lee, como por las celebridades de turno que ventilan sus vidas intentando alargar sus
quince minutos de fama. Pero no tiene por qué ser así. Es cosa de ver como Eduardo Galeano, Osvaldo Soriano, y otros
más, escriben sobre fútbol. Yo no juego ni tampoco sigo los campeonatos, pero el fútbol bien jugado es un
espectáculo que puede emocionar como pocas cosas. Y hay quienes logran transmitir esa emoción, y más, a través
de lo que escriben.
Emoción. Eso es lo que no tiene por ningún lado la crónica de espectáculos. Por ejemplo la
noticia
de La Tercera que origina la columna de hoy. No conozco a quien la escribe, pero me imagino a una vieja peladora
con complejo de escritor, de esas que dan la lata a los hijos tratando de no perder el vínculo a base de historias
sobre la familia y los vecinos. No puede ser que el relato de un gol conmueva, y esta gente no sea capaz de
conmover con historias sobre pasión, deseo y traición. Probablemente las historias en realidad sean aburridas,
y la pasión y el deseo tienen mucha menos importancia que el ego y los intereses económicos, pero por último que
inventen algo para condimentar. No será la primera vez.
Por otro lado, experimentar situaciones puede ser lejos más adictivo que muchas drogas. Es fácil darse una idea al
ver películas sobre realidad virtual, incluso en Matrix o El Piso Trece. Suena aburrido ser
alcalde por un día, pero como será convertirse por un día en junior, gerente comercial de Telefónica, arsenalero
del Hospital Salvador o sapo en recorrido de micro. No simbólicamente como en el caso de la alcaldía, sino
vivir realmente la situación por un día sin tener que partir de cero. Llegar al lugar y saludar, trabajar un poco,
sacar la vuelta, mandarse condoros, culpar a otros, trabajar otro poco. Que se yo, lo que hace la gente en todos
lados. Why can't I be you, una y otra vez.
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