Miércoles 12/12/2001

Una vez un profesor, de mi no muy querida Universidad, afirmaba que si una ley permitía el divorcio iba en contra de la naturaleza. Otra vez un estudiante insistía en tratar a un transexual por su nombre legal, su nombre de hombre, porque genéticamente seguía siendo un macho de la especie humana. Una tercera vez alguien decía que el ser humano no podía ser vegetariano, aún en el hipotético caso de que pudiera vivir sin comer proteínas animales, porque era naturalmente omnívoro. Una última vez, un grupo de profesionales argumentaba que podría llegar a aceptar tener un hijo homosexual, a pesar de que no fuera normal.

Probablemente todo eso sea cierto, pero ¿tiene alguna importancia? Y no me refiero a los casos en que la aludida normalidad es sólo un concepto estadístico, la mayoría es así y por eso hay que ser así y no asá, sino a la supuesta obligación natural de ser o actuar de una cierta manera. El ser humano se reproduce, como cualquier mamífero, gracias al apareamiento de dos especimenes de distinto sexo. Macho y hembra, quiero decir. Sin embargo, el no reproducirse no le quita al humano su condición de tal porque la reproducción es, aleluya, una opción y no una obligación. Una posibilidad y no una necesidad. Sin duda es una necesidad para la continuidad de la especie, pero para lograr ese noble objetivo basta con que algunos se hagan cargo de la tarea.

Una vez resuelto ese tema, podemos observar que la naturaleza nos da todo tipo de posibilidades físicas y psicológicas. Por ejemplo, es posible que dos personas del mismo sexo tengan, valga la redundancia, sexo. Pero, oh Dios, eso no es normal. ¿Y qué? ¿Es menos normal que el celibato? ¿Es menos normal que un hombre árabe con harem? Si los hace felices, está bien, no es normal. Una vez tranquilos con eso, ¿importa si es normal o no? Si alguien es feliz siendo vegetariano y es tan saludable como cualquier omnívoro normal, ¿qué importa lo normal? Si otro quiere vestirse de mujer y que le digan Samanta, ¿por qué habría de molestarme? Si quiero terminar un contrato matrimonial de mutuo acuerdo con mi esposa, ¿qué importa si la naturaleza se siente pasada a llevar? Ojalá la naturaleza tuviera sus propios poderes del Estado, para que se preocupara de estos atropellos y dejara a las sociedades hacer lo que quieran hacer.

De nuevo el fantasma de los derechos y los deberes. Estoy empezando a pensar que los derechos fundamentales no existen. Claro que tengo derecho a escoger si el helado que estoy comprando es de chocolate o ron con pasas, pero un poco más arriba todas son imposiciones de la naturaleza que sólo podemos codificar en leyes y hacer cumplir con policías y tribunales. Puedo entender a alguien que diga que lo que su Dios manda no hay posibilidad de desobedecer, pero ser esclavos de unas pocas de las posibilidades que da la naturaleza me parece triste. Que alguien inicie pronto un movimiento para lograr la prohibición de los aviones y los submarinos, por favor.
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Aquello sobre todo
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