La televisión genera adicción, y como todas las adicciones al principio es tan agradable que es difícil darse
cuenta cuando deja de serlo. Hay algunos indicadores. Cuando estas viendo el Behind the scenes de una
película que no verías nunca en tu vida. O el Making the video de la última canción de Britney Spears.
Como comentábamos una vez con alfalfa, la adicción es clara cuando al apagar la televisión te quedas
con la sensación de que te estás perdiendo de ver algo. De que justo en ese momento están dando un programa
que podrías ver si hicieras un último recorrido por todos los canales. Y ese algo, por supuesto, nunca tiene
ninguna importancia. No programarías el video para grabarlo si no estuvieras en casa, pero seguirías prestándole
atención si alguien de tu familia viene a hacerte una pregunta. Otro indicador de adicción: si te gustaría que el
control remoto no sólo tuviera un botón para saltar al canal que estabas viendo antes, sino también uno para
ir rotando entre los tres o cuatro canales que estás siguiendo simultáneamente. O que el televisor volviera
solo al canal que estás viendo cuando terminen los comerciales, para poder hacer zapping sin tener que estar
volviendo a cada rato. Si hay tanta oferta de parafernalia para consumidores de alcohol y tabaco, alguien debería
preocuparse de los teleadictos. Mínimo. Si hubiera un grupo de terapia grupal para esta adicción, creo que podría
ir, decir mi nombre, y admitir con orgullo que llevo varios meses moderando el consumo. Me felicitarían, y me
darían la bienvenida.
Este año he tratado de ver sólo lo que encuentro realmente interesante. Con unas pocas recaídas, claro. Nadie es
perfecto. Sigo Friends un poco porque me río, y otro gran poco porque le agarré cariño a los personajes.
Esta temporada los guiones han mejorado respecto a la anterior, pero los actores se ven cada vez más cansados de
hacer su parte. Sólo va quedando Joey. Los demás cumplen responsablemente sus obligaciones contractuales. Los
Jueves veo Gilmore Girls, y me entretengo con ganas. Los diálogos son notables, y los actores hacen los
personajes con esa intensidad que hace pensar que no están actuando. Como lo que pasaba en Friends hasta
hace dos o tres temporadas. Las protagonistas de Gilmore Girls hablan tanto y con tantas citas a libros,
discos y películas, que los subtítulos no alcanzan a traducir todo. Los subtítulos del Closed Captioned son
mejores, pero obviamente están en inglés y molestan un poco al superponerse con los que vienen en castellano.
El casting de la serie también es notable. Es una serie en que todos se comportan como niños. Niños que se ganan la
vida y mantienen a sus hijos, pero niños al fin. Y por eso veo también Ed. No me emociona tanto, hay menos
goce, pero en parte se debe a que es mayor el nivel de empatía con los personajes. Adultos con vidas no resueltas,
y sin mucha cara de resolverse en el futuro cercano. Y la coherencia que hay en cada capítulo entre todas las historias
paralelas es tan notable que deprime. Es probable que alguna de las dos series no pase a una tercera temporada,
pero eso siempre pasa con las buenas producciones. Sobreviven las simplonamente graciosas, y en esas incluyo
a Seinfeld a pesar de que siempre me causó gracia, pero especialmente las Dallas, Dinastía
y Melrose Place. Pero no puedo quejarme. Seguramente he contribuido sin querer viendo alguna vez la E! True
Hollywood Story de Joan Collins o el Celebrity Profile de Heather Locklear.
|