En los últimos días todo el mundo dice algo sobre Los Prisioneros. Yo por no ser menos, o más, siempre confundido
en la masa, quería escribir a propósito de por qué me gustaban si no me gustaban sus canciones, de la primera vez
que los vi en 1986, o tal vez 1987, y de la pataleta de Jorge González en el Adiós Prisioneros del Estadio Chile.
Pero ahora quiero escribir sobre la muerte de George Harrison.
Para cualquiera que haya nacido a partir de mediados de los años 50, en lo que suele llamarse Occidente, el rock
& roll y sus derivados siempre han existido. Cuando pensamos en música, es necesario ponerle apellido si queremos
referirnos a otra cosa. Música clásica. Música folklórica. Los puristas hablarían de Música Popular, pero
eso tiene tanto sentido como hablar de Literatura Popular o Pintura Popular.
El rock, llamemos así al rock & roll y todo lo que de ahí salió, pasó como aplanadora por encima de toda la música
que existía. Hoy lo que suena debajo de la voz de Myriam Hernández viene del rock. Querámoslo o no, la Mayonesa
en parte existe gracias al rock. Por esta omnipresencia, es que me parece tan extraño darme cuenta que la gente
que originó todo esto sigue viva.
Han muerto muchos, por supuesto, pero todos en circunstancias excepcionales. Robert Johnson murió, creo, a los
27 años. Más o menos a la misma edad Hendrix, Morrison, Joplin, y no sigo porque parece canción de Barón Rojo. Un
poco después, por supuesto, John Lennon. Pero ahí están todavía Chuck Berry, Little Richard y Jerry Lee Lewis. Ahí
están Jagger, Richards, McCartney, Towsend. Los culpables de todo aún no han empezado a morirse de viejos. Y eso,
para mi, es cómo si escuchara la Pasión Según San Mateo y supiera que en ese instante Bach está durmiendo la
siesta en una mansión en las afueras de Berlín. No faltará el que encuentre la comparación un sacrilegio, pero
no importa porque al interior de mi cabeza, escuchando música con audífonos una noche en la playa, Bach puede
emocionarme tanto como Charly García, Mozart como Pink Floyd, y Beethoven como The Smiths. Es tan difícil sentir
una emoción fuerte, que invertir neuronas en comparaciones académicas me parece una pérdida de tiempo.
George Harrison murió de cáncer a los 58 años. Sigue siendo una circunstancia extraordinaria, supongo, pero algo me
dice que este si es el principio de la muerte de los culpables. Harrison fue quien introdujo, al menos
masivamente, el uso de instrumentos y melodías orientales en el rock. Fue quien mezcló, para bien o para mal, el
rock y el misticismo. Y no murió cuando lo acuchillaron en su mansión 1999. Murió en una cama, en una casa,
de cáncer como muchos otros hombres de 58 años. Y ese hecho tan común, por alguna razón me parece
más emblemático que el homicidio de Lennon, o la caída del avión con Buddy Holly y Ritchie Valens en el llamado
día que murió la música. Lo anormal nunca asusta tanto como el horror de lo cotidiano.
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