A pesar de que es comprensible, y hasta lógico, que un grupo o sociedad conviva en medio de contradicciones evidentes,
es más difícil entender el mismo fenómeno cuando se trata de individuos particulares. Por ejemplo, las
noticias de hoy cuentan sobre una píldora que ayuda a vencer la timidez. Según dice
La Tercera, se trata de un elevador
de la serotonina derivado de otro que ya se usa para tratar la depresión severa y los ataques de pánico con
agorafobia. Si lo agregamos al resto de los llamados antidepresivos, y a otras drogas que ya se han ganado
un lugar en el botiquín familiar como Ritalín, van quedando pocos problemas que puedan resolver los padres usando
técnicas en vías de extinción como la crianza y la educación. Pero eso en realidad es otro tema.
Lo que llama la atención es que alguien pueda considerar razonable afectar el funcionamiento del
cerebro en esos casos, y a la vez encontrar totalmente inaceptable hacerlo por ejemplo con
delta-9-tetrahidrocannabinol o THC, el principal componente psicoactivo de la marihuana. Como dije, no me
refiero a la visión de la sociedad sobre el tema. En parte como lo bueno y lo malo,
lo legal y lo ilegal son producto de una combinación de tradición, moral, religión, interacción de fuerzas políticas,
intereses económicos, y un largo etcétera que no viene al caso discutir, y que ayudan a entender ese y otro largo
número de atentados a la lógica, la coherencia y el sentido común. Pero a nivel del individuo, las cosas parecen
comportarse con frecuencia de un modo más homogéneo. En general. O muchas veces. Bueno, al menos de vez en cuando.
Si consideramos que el cerebro es un órgano amoral, es decir en su mundo no existen ni el bien y el mal, cuando se
trata de alterar su funcionamiento sólo tiene sentido fisiológico tomar en cuenta las características del
fármaco usado, la dosis, los cambios que produce, y si estos son temporales o permanentes. Supongo que al cerebro
le da más o menos lo mismo si a su dueño estos cambios le producen sueño, alegría, tranquilidad, embriaguez,
seguridad o ebriedad. Un ejemplo práctico sobre este asunto es la cafeína. La cafeína es un alcaloide psicoactivo
presente en vegetales como el café, té, mate, guaraná y cacao, que muchas personas consumen con cierto
conocimiento. Saben los efectos que produce en su organismo, las dosis necesarias para alcanzarlos, las dosis
excesivas, la duración de los efectos, y las consecuencias de la abstinencia en el caso de quienes consumen
en forma permanente. Existen además estudios científicos si se quieren más datos, aunque al parecer
no muchos en el caso de sobredosis e intoxicación, y es posible saber que cambios produce en el cerebro y otros
órganos. Lo mismo puede decirse de la nicotina y el alcohol, siempre que tengamos en cuenta, en los tres casos,
la influencia que los intereses económicos respectivos tienen sobre las investigaciones que se publican.
No es el caso del mencionado delta-9-tetrahidrocannabinol, ni de otras sustancias ilegales o inmorales. Los estudios
científicos son escasos, y cuando existen sus resultados son mucho más limitados que en el caso de los fármacos
permitidos. Por supuesto eso no impide que se obtengan conclusiones relativamente
contundentes, y a veces reñidas con los principios básicos del método científico.
A pesar de esto, y esto es un supuesto, hay una gran cantidad de personas que aún teniendo acceso a sustancias y
a información sobre ellas, no osarían acercarlas a su cerebro sólo por estar dentro del híbrido de lo ilegal/inmoral.
Aún considerando de lo más natural estimularlo con cafeína o embriagarlo con alcohol. Y a pesar de que igualmente
sea una cuestión de dosis, para según el fármaco provocar efectos agradables o desagradables, y de frecuencia, para
provocar cambios temporales o permanentes, hay una especie de virginidad neuronal que escapa a mi entendimiento. La
misma que lleva a algunas autoridades a admitir que alguna vez en su juventud fumaron marihuana pero no aspiraron
el humo. Las comparaciones con el Grado 2 y Grado 3 están de más.
Supongo que no puedo intentar comprender a un individuo fuera de su contexto, ya sea familia, amigos, ciudad,
país o siglo, así que por el momento seguiré observando con interés el misterio de la moral farmacológica.
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