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Hay historias que no tienen principio. Voy sentando en una micro, y a mi lado dos tipos apestan a una extraña
mezcla de vino y colonia. Hablan. Esta vida hay que gozarla, ah, porque no hay otra, claro que si, dicen. Una
niña balbucea sin fin a una señora, pero la señora mira todo el rato hacia afuera. Un camión se cruza en forma
magistral. El conductor se destruye la garganta gritando, pero no alcanzo a entender lo que dice. Un pasajero
apoya la causa solidaria, y ahora escucho fuerte y claro. Me bajo, y la fauna sigue su camino sin mi. Bajo en
la escalera mecánica y camino hacia la estación. Hago colas, compro boletos, bajo otras escaleras. Paso el
torniquete y llego al largo largo largo andén. El metro acaba de partir. El andén esta casi desierto, y la
mañana recién empezando. Ella se para de su asiento y me sonríe. Ella no sabe. Ella sonríe como si supiera,
pero no sabe. Ella se acerca y me saluda. Yo estoy confundido, y le entierro la cortapluma que llevo en el
bolsillo. Ella abre los ojos como si se fuera a morir, y se muere. Emerge veloz el próximo tren. Me subo
y viajo, sin rumbo, como si la vida fuera algo más que andar por ahí decapitando gatos.
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