Me subo a un autobús, solo, la mañana de un Lunes. Mi asiento está en la ventana, y me dedico a mirar hacia el infinito.
Un par de minutos después, alguien ocupa el asiento contiguo. En el andén, junto a mi ventana, un hombre se
queda mirando y se despide con la mano. No lo conozco, de hecho no conozco a nadie en esa ciudad, y miro de reojo
hacia el otro asiento. La mujer a mi lado no le devuelve el saludo, pero lo mira con ojos húmedos. El deja de mover la
mano, y la observa con tristeza de hombre. Tristeza neutra. Tristeza insípida. Ella, con expresión de corazón roto,
comienza a llorar en silencio. Los minutos pasan y el hombre sigue ahí, inmóvil. Imagino las veces que un
viaje, sin importar si por horas o semanas, me dejó a medio camino entre su tristeza insípida y su corazón
roto. Parece que empiezo a entender los gestos. El le dice que no llore, que pronto volverán a estar juntos.
Ella no quiere consuelo, quiere quedarse y abrazarlo. Yo observo. El autobús empieza a moverse, y él
vuelve a despedirse con la mano. Ella se seca las lágrimas, y se cambia de asiento para verlo por última vez.
Mientras cuento esto, no muchas horas después, los ojos de mi audiencia se humedecen. Creo contar la historia tan
mal como ahora la escribo, pero de alguna manera logro transmitir lo que quiero. Otras despedidas, supongo.
Intuyo por un momento una emoción compartida, nuestro propio autobús y despedida, y sonrío. Poco después la escucho
decir cuanto le gustaría tener una mascota, y al jugar con un perro en la calle sus ojos se humedecen.
La magia se rompe. Caminamos.
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