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En un país muy lejano, hubo una vez un rey muy pero muy perezoso. Solía dormir hasta entrada la tarde, y acostarse
poco antes de anochecer. Por esto el reino, otrora rico y poderoso, se había vuelto triste y miserable. Los
súbditos abandonaban el lugar a montones, y los pocos que quedaban practicaban el pillaje en los reinos vecinos.
Nada de esto parecía importarle al rey, quien todo el tiempo dormía placidamente.
Un buen día llegó al reino un joven aprendiz de guerrero en busca de trabajo y hogar, y su carácter afable y vivaz
le granjearon de inmediato la simpatía de quienes aún vivían cerca de palacio. El joven, intrigado por la figura
de este rey perezoso, entró furtivamente una noche a las reales habitaciones, y se encontró de pronto con su
majestad. En ese momento cogió el abrecartas real y, tras amarrar al monarca a la cama con jirones de la cortina, se lo
enterró en piernas y brazos causándole horribles dolores. Una vez terminada su labor, entre los ensordecedores
alaridos del rey, le arrancó los ojos y le cortó la nariz, derramó jugo de limón en sus heridas, lo roció con
el aceite de las lámparas, y le encendió fuego. Tras apagarlo, y antes de morir, lo obligó a beber orines de gato
y arrancó de cuajo las chamuscadas extremidades.
Así el joven tomó el lugar del fallecido rey, y reinó tiránicamente hasta el fin de sus días.
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